
Fue en junio de 1973 cuando del colegio nos mandaron para la casa. No habría clases porque la escuela debía ser ocupada en otras cosas. Pasaron varios meses. En octubre recién volvimos a clases. Volvimos hacia lo nuevo que muchos llamaron “tranquilidad”, “hacer Patria” o simplemente “nueva educación”, bajo un “nuevo orden”. Sin duda que se posesionaba el gris por encima de los demás colores del arcoiris.
Lo nuevo en la escuela. Todos debíamos aprender a bailar “la cueca”, nuestra danza nacional. Era tedioso para nosotros como jóvenes estudiantes tener que aprender como bailaban los patrones de fundo, con quienes nunca nos habíamos sentido familiarizados. Pero las órdenes había que obedecerlas. En el gimnasio de mi escuela estábamos listos para el desafío. Me saqué un 6.5, creo que fui uno de los peores, porque esa tarde volaron los “7”. Las cuecas y yo jamás hemos sido tan cercanos.
Al regreso a casa, la familia ya estaba reducida. Un tío paterno había hecho sus maletas y había regresado a la Argentina. Allá había de todo, en especial el respeto por las personas. Los primeros días del Gobierno Militar nunca pude entender la odiosa tranquilidad que se había apoderado de nuestro país, era como vivir la antesala a la tormenta, que vino después y ¡qué tormenta!, aún se lamentan hoy día las personas que tomó por sorpresa la tempestad. A otras nunca más los vimos…
Pasó el tiempo y salimos de clases. El verano del 74 fue especialmente brutal. Sus calores se recuerdan hasta hoy. Durante ese tiempo se me ocurrió que debía construir, como para hacer algo que se tiñera de trascendencia. Con mis amigos del barrio nos propusimos hacer un barco. Una especie de lancha o balsa, pero con un hermoso y blanco velamen para que nos llevara al fin del mundo.
El ingeniero asociado fue mi abuelo. A él le pregunté casi todos los detalles de nuestro velero. Se llamaría el Andrea I. Al principio todos desbordábamos en entusiasmo y después de la típica “pichanga” de la mañana nos íbamos a mi patio a seguir construyendo el Andrea I. A esas alturas, dejé que mi niñez llenara mi vida. Los militares habían cambiado la política por patriotismo. Todos los meses estaban dedicados a algo. El que más me gustaba era el Mes de Mar. Para mi, eso era la locura en esencia.
Con el paso de los días mis tripulantes y marineros se me comenzaron a agotar. Lo de siempre: terminé con el trabajo solo. Mi abuelo se llenaba de orgullo al ver como avanzaban los trabajos en el astillero “Torres” y como el barquito comenzaba a tomar forma. Fueron momentos sublimes. Una vez en mi vida tomé conciencia de que estaban todas las personas que amaba juntas. El barco logró la unión.
Mi mamá fue la madrina, y como era niño le reventó en el casco una botella de refresco. El que más me gustaba en ese entonces: Piña Nobis.
Mi barco nunca navegó… sólo en mis sueños. Mi barco al paso de los meses y los años se convirtió en un gallinero. Sus velas nunca fueron infladas por el viento. Pero mis sueños de navegar aún subsisten. Al derecho de la libertad que a más de medio Chile le habían arrebatado nuestros grises gobernantes había que sembrar la esperanza.
El Andrea I encalló en mitad de mi corazón y estará allí hasta el día del adiós final, navegando, simplemente navegando…
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