
Son tantas las cosas que nos conectan con algunos recuerdos que tenemos guardados en lo más profundo de nuestro ser, que a veces, simplemente no las podemos dejar de lado o irnos en la profunda interrogante de la negación.
Hoy, un amigo de esos que Dios te pone por delante, llegó a la redacción del diario donde trabajo con una máquina de escribir "Olympia Splendid 33". Al verla casi lloro, no se si de emoción, pero un extraño sentimiento me recorrió como cuando hice esa primera nota a la Feria del Libro, cuando ésta se hacía al lado del Museo de Bellas Artes en Santiago y no era más de cuatro o cinco módulos de cholguán y mal construidos. Cuando mis primeros pasos me llevaron a contactarme con Fracisco Herreros en la revista Cauce y me las di de gran periodista aún cuando no sabía como la realidad me estaba dando sólo un primer aliento de cronista de época.
Ese día en la oficina de la "Cauce" en el Puente del Arzobispo, por primera vez me senté a redactar en forma profesional... ¿sabe que me pasaron para escribir ni nota? ¡Una máquina de escribir Olympia Splendid 33!, como la que ahora uso para escribir esta nota, que más parece cuento de abuela sentimental, que una parte trascendental de la vida.
El día de hoy cuando todos están preparados para asistir a los centros de diversión de la ciudad, vuelvo a recordar los momentos que viví hace mucho tiempo, cuando no sabía que existía un norte, tan seco, tan desértico y tan hermoso, con un mar que desde hace mucho me ha dado las alas para volar con la imaginación de un niño...
¡Gracias Toto! por traer este pedazo de historia a mi existencia. Tal vez esté siendo hipebólico, pero ustedes no saben la felicidad que me produjo digitar en estas teclas, que más parecen un legado del pasado a quienes nos movilizamos en este asunto de la computación y la informática.
¿Y ahora qué? A pasar este texto en papel escrito con la Olympia al computador. ¿Cierto que me di un gusto?... hay cosas que nunca podrán ser reemplazadas... una simple máquina de escribir por ejemplo.
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