Por Juan Cristóbal Peña
Publicado el 27 agosto 2019
El siguiente texto es un perfil escrito por Juan Cristóbal
Peña, director del Departamento de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado
y editor del libro “Apuntes de una época feroz” (Hueders, 2015), una antología
de textos de Mónica González, recientemente galardonada con el Premio Nacional
de Periodismo en Chile.
Cuando la conocí, hacia el invierno de 2007, Mónica González
ya era quien es: una de las periodistas ineludibles en la historia de Chile, no
sólo por su trabajo en dictadura. A diferencias de muchos profesionales de su
generación que destacaron en los años 80 en medios de la oposición, ella siguió
haciendo periodismo en democracia. No
comenzó a trabajar en el gobierno o para empresas. Tampoco jubiló de manera
anticipada, que fue lo que ocurrió con varios periodistas que no encontraron
espacio en el nuevo orden. Mónica González persistió, no siempre en las mejores
condiciones. Sabía que con el retorno de la democracia venía lo más difícil
para el periodismo chileno, más que lo que quedaba atrás. En el nuevo
escenario, los límites entre política y negocios se volvían difusos. Y sabía
también que, tal como había ocurrido en dictadura, ella no sería una figura
cómoda ni funcional para quienes administraban una democracia reconstruida en
la medida de lo posible.
Yo terminaba un libro sobre el atentado de 1986 a Augusto
Pinochet protagonizado por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y a última
hora di con una entrevista al líder de ese comando subversivo que ella había
hecho para el diario El País, de España, y que luego fue publicada completa en
revista Análisis. La última entrevista a Raúl Pellegrin Friedmann, realizada en
1988, unos meses antes de que fuera asesinado junto a su pareja tras una
incursión guerrillera en el sur del país. Entonces me animé a llamarla para
pedirle esa entrevista. Ahora pienso que era una excusa para conocerla, porque
el ejemplar de esa revista estaba en Biblioteca Nacional.
Me recibió en el altillo de su casa en Bellavista, con vista
al cerro San Cristóbal, rodeada de
archivos y libros ordenados en estanterías y cajones. A un costado había un escritorio cubierto de papeles apilados y
dispersos. Unos meses atrás, el diario Siete, que había dirigido, se había
visto forzado a cerrar por falta de financiamiento. El avisaje estatal en los
gobiernos de centro izquierda privilegiaron a publicaciones que le eran
opositoras, pero funcionales a sus intereses. Aunque el cierre del diario fue
un proceso ingrato para ella, ya estaba embarcada en un nuevo proyecto llamado
Centro de Investigación Periodística, Ciper, el medio más innovador y relevante
de los siguientes años.
Mónica, que estaba convaleciente por un accidente en auto,
con dificultad para desplazarse, trabajaba desde su casa en una investigación
para Ciper, que aún no tenía dirección electrónica ni oficina.
No me conocía, pero así y todo, sin más, me recibió y confió
uno de los tomos empastados de su colección de Análisis. Fue una presentación
rápida, pero amable. Me examinó con un vistazo rápido y dijo algo que no me
esperaba:
—Bah, eres tímido —sonrío—. Por teléfono sonabas más
pretencioso.
No fueron más que unos pocos minutos. Me contó de su
accidente en auto y me despidió, porque —dijo— tenía un montón de trabajo por
delante.
***
La volví a contactar en la primavera de ese mismo año. Mi
libro sobre el atentado a Pinochet ya había sido publicado y quería entregarle
una copia. Además, tenía una mejor excusa que la primera vez: debía devolverle
el tomo empastado de Análisis.
Esta vez me citó en una pequeña oficina de la Corte Suprema.
En ese entonces Ciper estaba recién arrancando y ella terminaba una asesoría
para los ministros de la máxima corte de justicia. El mismo poder que tres
décadas antes la había enviado a prisión por sus publicaciones, el mismo que
ella había denunciado múltiples veces por negligencia y complicidad en los
crímenes de la dictadura, ahora la había buscado para dar forma a un inédito
proceso de transparencia y publicidad de sus actos.
Fue otro encuentro breve, todavía más que el anterior.
Recibió el tomo de revistas y el ejemplar de mi libro, que agradeció con una
sonrisa. Luego me preguntó si quería trabajar con ella en un nuevo centro de
investigación. También me habló de las condiciones y yo, únicamente para
guardar las formas, le dije que la propuesta me seducía mucho, pero que pronto
le daría una respuesta. Al día siguiente renunciaba a mi trabajo en el diario
La Tercera para trabajar con ella.
Cuento lo anterior porque es parte del origen de este libro.
El tiempo en que trabajé en Ciper pude conocer el trasfondo de algunas de las
historias que se reúnen en esta antología, trasfondo que a veces da para un
capítulo aparte y es tanto o más dramático que la misma historia que lo
origina. En ese tiempo también pude escribir crónicas o reportajes sobre la
violencia política en dictadura y transición, con la perspectiva que otorga el
tiempo y en condiciones de libertad editorial que difícilmente habría
encontrado en otro lado.
***
En un comienzo ella no estaba interesada en que alguien,
quien fuera, publicara una antología de su obra. No le daba demasiado mérito a
su trabajo. De hecho, cuando se lo propuse, estando ya fuera de Ciper, me
comentó lo siguiente:
—No sé a quién podría interesarle algo así.
Dijo que lo pensaría. Y tiempo después, cuando comenzamos a
trabajar en el proyecto, comprendí que, además de incomodarla, la idea de
volver sobre esos años le dolía. Estaba orgullosa de lo que había hecho, lo
está aún, por cierto, pero tras varias charlas en torno al trasfondo de las
historias de las piezas reunidas comprendí, sin que me lo dijera directamente,
que había una herida que no terminaba de sanar. En su caso, reportear la
dictadura fue sumergirse en un campo de batalla inundado por la corrupción y la
muerte; fue vivir el dolor de las víctimas, comprometerse y padecer con ellas
para luego recuperar el aliento y contárselo al mundo. Ese proceso, además,
estuvo acompañado de un alto costo personal.
Ahora que el libro está concluido, y que hemos gastado horas
hablando de su trabajo en dictadura, y de lo que ocurrió antes y después de esa
etapa, pienso en las víctimas. En las víctimas y en el sentido de esta
profesión. En que la mejor forma de sobrellevar el pasado y de tributar a las
víctimas es seguir ejerciendo un periodismo sin concesiones.
***
Numerosos periodistas se jugaron la vida y sacrificaron un
cómodo y seguro estándar de vida por denunciar a una dictadura a la que pocas
cosas amenazaban tanto como la prensa de oposición. En el caso de Mónica
González, muchas de sus publicaciones tuvieron un impacto político al interior
de la misma dictadura, impacto que además trascendió al mundo. Sus
publicaciones marcaron agenda y derivaron en censura de prensa, procesos
judiciales, amenazas, golpizas o encarcelamientos.
Desde que en 1984 publicara el reportaje sobre la mansión de
Lo Curro, un palacio de lujos absurdos que la familia Pinochet levantó en medio
de una aguda crisis económica, se transformó en una figura incómoda para la
dictadura, si es que no en una amenaza. Volvía del exilio y de un receso de 11
años en el periodismo, y sin proponérselo, porque en un comienzo ella no estaba
segura de su talento ni de que el periodismo fuera lo suyo, se alzó en
referente. Sus reportajes y entrevistas ayudaron a contener la brutalidad y los
abusos. En casos más extremos, salvaron vidas, aunque también derivaron en
venganzas brutales.
***
El guión es perfecto para un drama de película: en el
trasfondo de los reportajes y entrevistas que componen este libro hay tragedia
y heroísmo a partes iguales. El drama se inicia más o menos feliz en 1967,
cuando Mónica González Mujica (Santiago, 1949) comenzó a estudiar periodismo en
la Universidad de Chile y al poco tiempo, impulsada por sus maestros y su
militancia en el Partido Comunista, ya trabaja en el diario El Siglo.
Sus primeros editores fueron Sergio Villegas y Guillermo
Ravest, que la entrenan como reportera volante: un día en el Congreso, otro en
tribunales, en sindicatos o en cuarteles policiales y en terreno, cubriendo la
calamidad de turno. El periodismo todavía se aprendía más en la calle que en la
academia, a la que va lo justo para aprobar los cursos y aprender de Mario
Planet, director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, de
quien es ayudante en la cátedra de Periodismo Interpretativo. De él asimiló el
rigor y la necesidad de cultivar un archivo que se alimenta a diario, con
recortes y cables y fotos de prensa. Hasta el día de hoy, de preferencia por la
mañana, después de leer los diarios del país, ella selecciona y recorta las
publicaciones más relevantes y otras que no lo parecen tanto, como las páginas
sociales de El Mercurio, donde la élite política y empresarial chilena se
exhibe y, de manera involuntaria, deja asomar las pistas para grandes noticias
y reportajes.
Mario Planet, que fue corresponsal para Life y Time y
dirigió los diarios Las Noticias de Última Hora y La Tarde, también intentó
inculcarle otra cosa importante para la época. El periodismo militante —decía
Planet— no es periodismo. O se hace periodismo o se milita, pero no las dos
cosas a la vez.
Ella, sin embargo, prefería hacer las dos cosas a la vez, y
lo cierto —dice ahora— es que en ese
entonces, impulsada por la convulsión de los tiempos, se sentía más militante
que periodista. Su compromiso estaba con el partido y el proceso de
transformaciones políticas liderado por Salvador Allende, que en noviembre de
1970 llegó a la presidencia con una coalición de partidos de izquierda y una
oposición mayoritaria apoyada por Estados Unidos, cada vez más dispuesta a
desestabilizar al gobierno por cualquier medio.
En esas condiciones, el periodismo sin banderas era muy
difícil de ejercer.
En 1971, casada y con dos hijas, comenzó a trabajar en
Ahora, revista de actualidad y política que editorial Quimantú lanzó ese mismo
año para competir con Ercilla. De hecho, varios periodistas de izquierda de ese
medio partieron a trabajar en Ahora, que dirigía Fernando Barraza y editaba
Edwin Harrington, un agudo periodista de investigación que poco antes había
estado a cargo del departamento de prensa de Canal 13. Harrington fue decisivo
en la carrera de Mónica. No sólo la animó a escribir reportajes y a buscar en
ellos una mirada y una voz propia, que hasta entonces había estado supeditada a
la voz de la revolución. Una década después, con un país en dictadura, el mismo
Harrington la convenció de volver al periodismo, cuando ella lo había
descartado por completo.
La impronta de Edwin Harrington —como la de Mario Planet—
está presente en una crónica testimonial de mediados de 1971 en que la autora
documenta su paso dos años antes por la maternidad del Hospital del Salvador:
Maletín en mano, la “enferma” camina por un pasillo de
baldosas, frío y tétrico, hasta el baño. Mira hacia atrás, para ver a su
esposo, pero él está lejos, más allá de varias puertas. Una auxiliar con
delantal sucio y ondulines en la cabeza le indica con el dedo un camastro donde
le aplicarán un lavado, trámite previo.
Los dolores aumentan, y la muchacha empieza a respirar como
“perrito jadeante”. Así le enseñaron en el curso de parto sin dolor. Mientras
le introducen el líquido por vía anal, la chiquilla se aferra a la mano de la
auxiliar; dolores profundos y desgarradores le cruzan el vientre, para después
sentir un incontenible deseo de expulsar todo lo que lleva en el interior.
La muchacha se incorpora, pero no alcanza a llegar al baño.
Líquido y excrementos corren por el suelo de la pieza. La vergüenza y el dolor
provocan un llanto angustioso a la parturienta. La auxiliar está furiosa. “¡Qué
se ha imaginado!…”. Y enseguida: “¡Tú crees que voy a limpiarte la mierda!”. La
muchacha la mira un instante, y no vacila. Una sonora cachetada corta el
“diálogo”.
El texto aparecido en revista Ahora se tradujo en una
querella por calumnias, la primera en la carrera de Mónica González. Pero el
pleito legal no llegó muy lejos: cuando el director del Hospital del Salvador
acusó a la periodista de inventarse la historia, ella exhibió la página del 27
de abril de 1969 del libro de partos del hospital, donde su nombre aparece
inscrito como paciente de la unidad de maternidad. En esas condiciones nació
Lorena, su primera hija. Muy distintas, como sugiere en la misma crónica, al
parto de su segunda hija, Andrea, nacida dos años después en una clínica
privada.
Puede ser distinto a todo lo que vino después, y de hecho lo
es. Pero el periodismo que ejerció en
dictadura no se explica sin el periodismo ejercido desde los últimos años del
gobierno de Eduardo Frei Montalva. En esos primeros años de aprendizaje hay una
épica y un compromiso que guiarán todo lo que vino después. Y hay, por cierto,
una vida marcada por todo lo que sobrevino con el golpe de Estado.
Para entonces estaba de vuelta en El Siglo, donde fue
destinada a las páginas de economía, y era profesora auxiliar en la Escuela de
Periodismo. Estaba casada, tenía dos hijas, militaba. A los 24 años, el mundo giraba muy rápido
para ella cuando ocurrió el derrumbe. Muchos de sus colegas y amigos y
compañeros de partido con los que se formó fueron perseguidos, encarcelados o
torturados, cuando no asesinados y hechos desaparecer. Los más afortunados
sobrevivieron, como su gran amiga Gloria Alarcón, periodista política en El
Siglo, pero ya no volvieron a ser los mismos.
Al conmemorarse 40 años del golpe de Estado, escribió:
Ese martes 11 de septiembre de 1973 mi vida se partió en
dos. Pude haber sido no sé qué clase de persona. Incluso una muerta en vida,
como los muchos que bajo tortura hablaron y jamás se han logrado despojar de la
culpa. ¡Cómo asesinaron tanto talento y vitalidad! Yo sobreviví. Soy parte de
un río cuyo caudal nunca dejó de crecer… Si miro hoy hacia atrás no puedo sino
sentir orgullo de esa identidad.
Dos años después de publicar ese texto, al recordar sus años
de formación profesional, me dice: “Yo soy parte de una generación perdida.
Perdida y muy privilegiada, las dos cosas, la verdad. Participamos de una época
gloriosa, de experiencias hermosas y durísimas que nos marcaron de por vida. Y
que nos tienen aquí haciendo lo que hacemos”.
***
Entonces viene el abismo. Un receso de 11 años, de no
terminar de consolarse, de ganarse la vida en cosas que tienen poco y nada que
ver con el periodismo. El camino que se inicia a fines de 1973 con un exilio en
Francia fue una agonía permanente. Un golpe tras otro. Una noticia mala y otra
peor. La historia de un chileno que llega con una tragedia propia o ajena que contar
está a la orden del día.
Llegó a vivir a Sarcelles, en las afueras del norte de
París, y trabajaba en la imprenta del mismo municipio, a cargo de la limpieza
de las máquinas. Era obrera, como su padre, pero lo de ella tenía más el
sentido de la urgencia. De las imprentas pasó a la administración del
municipio. Pertenecía al Departamento de Compras y Mercado, veía cuentas y
licitaciones, y siguió un curso de derecho comercial. Lo suyo ahora eran los
números y, aunque entonces no lo sabía, sentó las bases de lo que necesitará
saber años después para desentrañar las cuentas y escrituras enrevesadas de la
dictadura.
Pese a que sus compañeros de L’Humanité la animaban a
publicar, no se sentía en condiciones de escribir en una lengua que no era la
suya. El periodismo estaba sepultado para ella.
Lo que sí hacía, y también servirá para lo que viene, era
recoger el testimonio de chilenos que llegaban a París y habían vivido o
escuchado del horror que ocurría en Chile. Recopilaba testimonios y los enviaba
a Radio Moscú, donde estaba su amigo José Miguel Varas. Algunos de esos
testimonios hablaban de sus propios amigos o compañeros de partido. Como el del
profesor Fernando Ortiz, a quien se le perdió el rastro a plena luz del día en
Santiago. Como el del periodista Carlos Berger, su compañero de escritorio en
El Siglo, sacado de una cárcel en Calama y hecho desaparecer en el desierto.
Como Fernando Barraza, director de la revista Ahora, torturado brutalmente
hasta dejarlo sin ganas ni opción de hacer periodismo.
En Chile estaba en marcha una masacre y ella sentía que no
podía quedarse de brazos cruzados en Francia, donde no había mucho que hacer
por la causa chilena. Quería volver y volvió, con sus dos hijas, recién
separada, sin un plan, sin muchos vínculos políticos, aun contraviniendo la
opinión del partido. La dictadura se preparaba para perpetuarse mediante un
plebiscito de fachada legal. La resistencia era mínima, para qué hablar de
libertad de prensa. Dos años antes, la última dirigencia del Partido Comunista
había sido exterminada, lo que significó un duro golpe a la lucha clandestina.
Era 1978, quizás el peor momento para volver.
***
Una de las primeras cosas que hizo fue visitar a Mario
Planet. Su maestro, que también había partido al exilio y estaba vuelta, la
animó a ejercer el periodismo. Ella decía que no podía, que cómo, se
preguntaba, “si tengo los dedos crespos”. Es cierto que en ese tiempo casi no
había prensa de oposición, y la poca que había estaba bajo estricto control.
Pero Planet insistía en que no la veía
haciendo otra cosa. Ella, en cambio, se veía en cualquier cosa menos en el
periodismo.
Por un aviso en el diario consiguió trabajo en Falabella,
como subgerente de crédito. Era algo parecido a lo que hacía en el municipio de
Sarcelles. Cuentas, balances, facturas. Trabajaba a la par con los gerentes y
tenía la confianza de ellos. Pero como militaba de manera clandestina, que era
la única forma de militar en esos días, y como la dictadura tenía redes de
espionaje en todos lados, la información no tardó en llegar a los gerentes. La
despidieron.
Algo similar ocurrirá en el Colegio de Constructores
Civiles, donde ofició de gerente por dos años. Y luego en el Instituto Chileno
Norteamericano de Cultura, donde fue directora de comunicaciones por otros dos.
Donde sea que estuviera, la dictadura, de tentáculos amplios y profundos, se
encargaba de alertar de su militancia.
No le quedaban muchas opciones. Estaba sin trabajo y el país
vivía una aguda crisis económica, que derivó en revuelta social. El descontento
se expresó en radios y revistas de oposición que rozaban los límites de la censura. Mario
Planet ya no estaba en este mundo para decirle que volviera al periodismo. Pero
estaba Edwin Harrington, su otro maestro, que había vuelto de un exilio en
México y trabajaba en un proyecto de revista llamado Cauce. Le propuso
integrarse y ella dudó. No se tenía confianza, pero necesita trabajar y,
además, necesita hacer lo que había venido a hacer a Chile: combatir una
dictadura. Entonces, apremiada por las circunstancias, se decidió.
Eran los primeros días de 1984, días de noticias flojas, aún
para un país en dictadura, y Mónica González volvía al periodismo con un
reportaje sobre la mansión de Lo Curro que remecería las entrañas del régimen.
Es justamente el texto que abre este volumen.
***
Fue tal el suceso que Cauce tuvo que imprimir una segunda
edición de la revista, algo inédito para la época. Destacado en portada, donde
se anunciaban “increíbles antecedentes sobre la faraónica mansión de Lo Curro
de costo incalculable”, el reportaje echó por tierra la versión del gobierno,
que poco antes había anunciado la suspensión de las obras, producto de la
crisis económica. La construcción seguía viento en popa, y no sólo eso: por
primera vez se revelaban detalles sabrosísimos de la decoración –lámparas de
lágrimas, escaleras de mármol rojo, tinas de hidromasajes, tapices finísimos–,
que a la vez perfilaban lo que la autora llamó “el difícil gusto de la señora
Pinochet”.
A partir de entonces, Mónica González publicó un reportaje
tras otro sobre la ambición de esa familia por incrementar su patrimonio.
También escribió sobre violaciones a los derechos humanos, pero al menos en
esta primera etapa en Cauce, que sería intensa y breve, las piezas de mayor
impacto político trataron de corrupción. Una dimensión poco explorada de la
dictadura, cuyos partidarios levantaban como gran reserva moral.
Como se ve en estas páginas, a la mansión de Lo Curro le
siguió un reportaje sobre los negocios a costa del Estado de Julio Ponce Lerou,
el yerno de Pinochet, otro sobre el patrimonio de la hija del general y un
tercero sobre el origen de la casa de descanso que la familia había construido
en El Melocotón, en las cercanías de Santiago. Desde ese verano no hubo
respiro. Ni para ella ni para el régimen. Por primera vez la justicia admitió
una querella contra el mismísimo Augusto Pinochet por fraude al Fisco. Unos
días antes, el general había acusado “una campaña difamatoria contra mi persona
y mi familia”.
No sólo fueron palabras, por cierto. Cauce consignó
seguimientos y amenazas contra sus periodistas. También hubo burdos actos de
censura. En los días previos a la aparición del reportaje de la casa de El
Melocotón, el gobierno suspendió la circulación de todas las revistas que no le
eran favorables. Luego permitió que volvieran a circular, pero no pasó mucho
tiempo para que aparecieran con fotos censuradas, en un espacio encuadrado en
blanco, por orden del jefe de zona en Estado de Emergencia.
La tolerancia del régimen se colmó con la entrevista a
Gustavo Leigh, defenestrado general golpista, quien criticó duramente a
Pinochet y lo acusó de tener “una ambición ilimitada”, de “eliminar
sistemáticamente” a personas a quienes “considera peligrosas” y de que “sólo se
mantiene (en el poder) por la fuerza”. Publicada en junio de 1984, la
entrevista provocó tal revuelo que su autora, Mónica González, fue detenida por
orden de la jueza Marta Ossa por negarse a entregar los audios.
Al día siguiente, después de pasar la noche en la cárcel de
San Miguel, la quinta sala de la Corte de Apelaciones reconocía el derecho de
la periodista al secreto profesional y ordenaba su liberación.
En esos tiempos el periodismo era una profesión al límite,
de un cigarrillo tras otro, de trasnoches martillando una máquina de escribir y
teléfonos que suenan de madrugada para lanzar insultos y amenazas anónimas. En
ese contexto la censura era lo de menos. También la cárcel. La vida pendía de
un hilo con cada publicación. Cada publicación podía ser la última. Esa
sensación de vulnerabilidad y temor se acrecentó a partir de ese día de fines
de agosto en que un hombre de bigotes y aspecto desaliñado entró a la revista y
preguntó por Mónica González. Decía ser un agente de la dictadura que quería
contar todo lo que sabía y había hecho, que era mucho.
***
Después de cerciorarse de que ese hombre no portaba armas,
Mónica González lo condujo a una oficina de la revista. Cerró la puerta por
dentro y preguntó:
—¿Qué me quiere contar usted?
—Sobre mi trabajo actual, nada. Yo quiero hablar sobre
detenidos desaparecidos.
—¿Recuerda nombres?
—Sí. Los hermanos Weibel Navarrete, por ejemplo…
—Explíquese. Usted está muy nervioso y la carga emocional
que ambos tenemos es grande. No será fácil este trabajo, pero es necesario que
explique con detalles. Grabaremos todo y después veremos qué se publica. ¿Está
de acuerdo?
—Me da lo mismo.
—Lo van a matar.
—Va a suceder, pero por al menos hablé.
Lo que siguió fue una entrevista de varias horas en la que
el agente Papudo, alias de Andrés Valenzuela Morales, contó todo lo que sabía
de un organismo de inteligencia militar hasta entonces desconocido. Formado por
funcionarios de la Fuerza Aérea, la Armada y Carabineros, el Comando Conjunto
era una organización clandestina que rivalizaba con la Dina en la persecución
de opositores, no obstante que usaba las mismas técnicas: detenciones ilegales,
tortura, muerte y desaparición de personas.
Frente al relato de ese hombre que “olía a muerte”, la
periodista no terminaba de convencerse. Temía ser objeto de una operación de
los servicios de inteligencia, que la tenían en la mira y la habían amenazado
por sus publicaciones. Pero a la vez el relato de Papudo era tan exacto,
poblado de detalles y nombres que ella conocía, que la llevaban a confiar en
que la historia del agente arrepentido era cierta, por muy inverosímil que
pareciera el modo en que había surgido. Un hombre que dice ser agente se
presenta un día en las oficinas de Cauce —calle Huérfanos, entre Morandé y
Banderas— y pregunta por una tal Mónica González. En su mano trae el último
ejemplar de la revista, cuyo tema de portada —el caso del robo de un banco por
parte de agentes de la CNI en Calama— había sido escrito por ella. Para no
creérselo. Para sospechar, sobre todo. Nunca antes un agente arrepentido había
confesado los crímenes.
Papudo entregó nombres de agentes y víctimas, de lugares y
circunstancias en las que ocurrieron las detenciones y posteriores crímenes.
Algunas de las víctimas habían sido
amigos o conocidos de la periodista, que tuvo que hacer un gran esfuerzo para
sobreponerse a las emociones —incluso náuseas— que le provocaba el relato.
—¿Estaba usted realmente consciente del trabajo que hacía?
—Sí.
—¿Cómo pudo hacerlo?
—Es una máquina que lo va envolviendo a uno hasta el punto
de la desesperación, como me ha ocurrido a mí ahora. Sé que en este momento me
estoy jugando la vida. Yo sé que quizás mi familia no me va a acompañar. Ni
siquiera están de acuerdo con lo que he hecho, pero tenía que contarlo. Me
sentía mal, estaba asqueado. Como le decía, quiero volver a ser civil.
El testimonio de Papudo era un misil de alto impacto para la
dictadura, que se había empeñado en negar sistemáticamente las denuncias de
violaciones a los derechos humanos. Pero no era cosa de llegar y publicar ese
testimonio. Además de verificarlo, había que alertar a los familiares de las
víctimas, hacer las denuncias a la justicia y resguardar la vida de Papudo, que
había decidido desertar de la Fuerza Aérea, de la que era suboficial.
Lo que siguió fue una carrera contra el tiempo. Mientras la
Vicaría de la Solidaridad iniciaba una operación para sacar del país a Papudo,
la periodista trabajó en la verificación de los datos con el sociólogo José
Manuel Parada, jefe de Documentación y Archivo de la misma Vicaría. También
ayudó el profesor Manuel Guerrero, que ocho años antes había sido torturado por
agentes del Comando Conjunto. En ese proceso surgió la constatación de que
muchos de los militantes de izquierda que habían sido detenidos delataban a sus
compañeros, incapaces de resistir las torturas prolongadas. Y no sólo eso: dos
de ellos —Miguel Estay Reyno y René Bazoa, de militancia comunista al momento
de su detención— habían terminado como agentes de la dictadura.
Aunque esto último era un hecho conocido por la dirigencia
del Partido Comunista, nunca se había hecho público. Y menos aún, que lo
hiciese un ex agente. Los máximos dirigentes del partido pidieron excluir ese
capítulo del testimonio, pero la periodista —que seguía militando— se negó. Fue
un quiebre definitivo. Abandonó el partido y tomó distancia de la dirigencia,
encabezada por Gladys Marín.
Los tres meses que antecedieron a la publicación de la entrevista
fueron de máxima tensión. La confesión de Papudo demoró unos pocos días en
llegar a conocimiento del gobierno y de quienes hacían el trabajo sucio. La
periodista recibió múltiples amenazas y su casa fue allanada. Sus dos hijas ya
habían regresado a Francia. Por seguridad, Mónica González deambulaba por casas
de amigos. Además había un problema adicional: para evitar que el testimonio de
Papudo se diera a conocer, a comienzos de noviembre el gobierno decretó Estado
de Sitio y ordenó la clausura de los medios de oposición, entre ellos Cauce,
que despidió a todos sus periodistas.
Por eso la entrevista apareció en un medio extranjero. La
idea original era publicarla en The Washington Post, pero unos días antes, ante
un equívoco, llegó a manos de un periodista chileno residente en Caracas que
gestionó su publicación en un diario de ese país, sin la autorización de la
autora. La entrevista a Papudo apareció en El Diario a comienzos de diciembre
de 1984, como una saga de tres entregas. La publicación comenzaba con una
advertencia:
Hay fundado temor por la vida de Mónica González. Es de
esperar que esa entrevista convenza a la CNI de que ya no vale la pena
asesinarla.
En la CNI pensaban distinto. De hecho, la venganza no
tardaría en llegar de un modo inesperado: en marzo, tres profesionales
comunistas eran degollados por un comando de Carabineros. Entre las víctimas
estaban Manuel Guerrero y José Manuel Parada, quienes habían colaborado en la
corroboración del testimonio de Papudo. En el comando asesino participó Miguel
Estay Reyno, el Fanta, mencionado por Papudo como uno de los militantes
comunistas que había pasado a colaborar activamente con la persecución y muerte
de opositores de izquierda.
Devastada por el degollamiento de los tres militantes
comunistas, a dos de los cuales conocía
de cerca, sin trabajo, con la muerte pisándole los talones, Mónica González
partió a Francia en abril de 1985. Estaba a salvo, pero no bien llegó a París,
donde se reencontró con sus hijas, comenzó a planear el regreso.
***
A José Carrasco lo conocía desde sus tiempos de profesora de
periodismo. Ella hacía clases en la Universidad de Chile y solía dejar a su
hija Andrea con la secretaria de Mario Planet, que era pareja de Carrasco. En
la práctica, algunas veces era Carrasco quien cuidaba a la niña mientras su
mamá daba clases. Desde entonces surgió una amistad que quedó interrumpida por
el exilio. Se reencontraron hacia 1984: él volvía a Chile cuando ella volvía al
periodismo. A mediados del año siguiente, apenas regresó de París, él la
recomendó para que trabajara en Análisis, la revista donde era editor
internacional. Aceptó con la condición de que pudiera trabajar con Edwin
Harrington, que también había sido despedido de Cauce tras su clausura.
En Análisis, que dirigía Juan Pablo Cárdenas, se convirtió
en entrevistadora política. Y no pasó mucho tiempo antes de que volviera a golpear
al corazón de la dictadura.
En diciembre de 1985, Mónica Madariaga, ex ministra de
Justicia y de Educación, prima de Pinochet, la
buscó para hacer un mea culpa de su papel como “autora intelectual de
gran parte del aparato jurídico que sostiene al régimen”. De paso, la ex
ministra criticó al general Pinochet y la “obsecuencia indescriptible” de
quienes lo rodeaban, incluido los gremialistas, responsables del debilitamiento
absoluto del Estado mediante la degradación de las organizaciones sociales y
las entidades en que se desarrollaba la vida en común. La revista agotó su
edición y, al mes siguiente, “ante los insistentes pedidos del público” —según
se lee en la edición del 14 de enero de 1986—,
volvió a publicar el texto.
Los límites de la censura otra vez estaban a prueba. De la
censura y la muerte, que rondaba cada semana. Era cosa de tiempo.
Primero vino la clausura de Análisis por tres semanas,
además del encarcelamiento de su director, tras una jornada de paralización
nacional en julio de 1986. Y en septiembre de ese mismo año, unas horas después
de que el Frente Patriótico Manuel Rodríguez atentara contra el general
Pinochet y su comitiva, dejando a cinco de sus escoltas muertos y nueve heridos
graves, un comando de la dictadura escogió al azar a cinco opositores de
izquierda para tomarse venganza. Uno por cada escolta muerto. Entre esos cinco
opositores que fueron sacados de sus casas y fusilados de madrugada estaba el
periodista José Carrasco.
El mismo fin de semana del atentado, ocurrido un domingo 7
de septiembre, el editor internacional de Análisis había estado trabajando en
una nueva edición de la revista, que no pudo salir a la luz. El gobierno
decretó Estado de Sitio y prohibió la circulación de la mayoría de los medios
de oposición. El asesinato de José Carrasco Tapia fue un golpe durísimo que se
vivió en el silencio impuesto por la clausura de los medios.
La prohibición se extendió por seis meses. En ese tiempo,
Mónica González viajó a Buenos Aires para rastrear archivos que comprometían a
la DINA con el asesinato de Carlos Prats y la Operación Cóndor, que derivó en
la muerte y desaparición de miles de opositores en el Cono Sur. De ese trabajo
surgió un libro, Bomba en una calle de Palermo, que publicó con Edwin
Harrington en 1987.
El libro, el primero de su carrera, traería repercusiones
ese mismo año. En septiembre, tras una entrevista al dirigente de la Democracia
Cristiana Andrés Zaldívar, la periodista fue requerida por el gobierno, que le
aplicó la Ley de Seguridad Interior del Estado. La entrevista era larga y
trataba diversos temas de actualidad política, pero el problema estuvo en la
última pregunta, referida al general Pinochet, a quien Zaldívar calificó de
“burdo, de bajo nivel intelectual y brutalmente audaz”.
En la siguiente edición de Análisis se lee que, horas antes
de ser detenida, Mónica González dijo que “no se encarcela sólo a la periodista
que escribió la entrevista a Andrés Zaldívar, sino a la que denunció la
existencia de la casa del general en El Melocotón, a la misma que escribió el
complot para asesinar al general Carlos Prats en el libro Bomba en una calle de
Palermo”.
Esta vez permaneció 17 días en la cárcel de San Miguel.
Quizás pudo haber salido antes, pero se negó expresamente a que su abogado
pidiera la libertad condicional. Según reprodujo Análisis, “quiero hacer
conciencia en la opinión pública y en mis propios colegas de que en Chile no se
puede ejercer libremente nuestra profesión”.
El penúltimo día antes de quedar en libertad estuvo de
cumpleaños. Celebró sus 38 junto a presas políticas y presas comunes.
***
Uno de los últimos reportajes que Mónica González publicó en
Análisis trató de los bienes de la familia Pinochet. Fue publicado en octubre y
noviembre de 1989, en dos números consecutivos, cinco meses antes de que la
dictadura emprendiera la retirada y entregara el gobierno con una serie de
condiciones. En rigor, más que un reportaje, era un especial por entregas que
operaba como una despedida al hombre que afirmó que “no hay nadie que haya
amasado una fortuna personal o familiar en este régimen”.
El reportaje comienza precisamente así, con una cita al
general recogida de la prensa oficialista. Y termina con un retrato lapidario
al mismo hombre, que “se prepara para atrincherarse al interior de los
cuarteles”, “orgulloso, pero no tranquilo”, “en la soledad que han dejado 16
años de poder absoluto, alejado irremediablemente de sus más antiguos amigos”.
La dictadura se despedía y también la periodista, que
clausuraba la década golpeando donde más dolía a la dictadura. Para Pinochet no
había cosa más irritante que las acusaciones de corrupción. Más que las
denuncias por violación a los derechos humanos. Por eso ocurrió lo que ocurrió.
Ya había recibido amenazas telefónicas y le habían arrojado animales muertos al
antejardín de su casa, si es que no habían matado a sus propias mascotas. Pero
esto fue más serio que todo lo otro. Unas semanas después de que apareciera la
última parte del reportaje, el auto de la periodista explotó frente a su casa.
Había estacionado y bajado hacía cosa de minutos.
Para ella no hubo dudas. La bomba que casi le costó la vida
era una repuesta al reportaje de los bienes de la familia Pinochet. La
dictadura, que estaba en retirada, tenía sus formas de despedirse.
***
La despedida fue larga, demasiado larga. La transición
política chilena estuvo marcada por pactos secretos y amenazas de una dictadura
que seguía latiendo en el Congreso, en el Poder Judicial y, desde luego, en las
Fuerzas Armadas. Pinochet se había retirado del gobierno pero continuaba al
frente del Ejército, desde donde administraba amplias cuotas de poder. En ese
escenario, a partir del 11 de marzo de 1990, Mónica González llegó a trabajar
al diario La Nación.
Desde esas páginas, a cargo de la unidad de investigación y
las entrevistas del domingo, le tomó el pulso a la vida política de esos días.
Varios de los textos de ese período están determinados por la coyuntura del
momento, que a menudo pone a prueba la frágil democracia. Pero hay otros,
recopilados en este libro, que miran los hechos en perspectiva y vienen a recapitular
lo ocurrido en el pasado reciente.
En esta línea se inscribe el testimonio de Sola Sierra,
histórica dirigente de la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos,
que relata la angustia y tenacidad de quien perdió a su esposo y dedicó una vida
a su búsqueda, aún cuando con el correr del tiempo estuvo consciente de que era
una labor estéril. En la contraparte está el relato de la Flaca Alejandra,
alias de Marcia Merino, ex militante del MIR que tras ser detenida y torturada
se convirtió en colaboradora de la DINA. Como escribe la autora, se trata de un
testimonio que va a contracorriente de “un país que se resiste a entender lo
que fue verdaderamente el infierno que creó la DINA en sus campos de
detenidos”.
En este período desfilan varios de los personajes más
renombrados de la vida pública. Sean de izquierda o de derecha, son explorados
siempre en una dimensión que trenza lo político y lo humano. Así, mientras
Isabel Allende Bussi se lamenta de no haber sido consciente de la depresión que
motivó el suicidio de su hermana Tati, el ex director de El Mercurio, Arturo
Fontaine, llega a decir que cuando se ocupa un puesto como ése, “uno se ve rodeado de muchos halagos y pierde
un poco el sentido de la autocrítica y la modestia”.
Mónica González no fue una figura cómoda para quienes
sustentaron la dictadura. De eso no hay duda. Pero tampoco lo fue para quienes
administraban el gobierno en un contexto de democracia tutelada. De ahí que a
principios de 1994, cuando Eduardo Frei Ruiz Tagle asumió la presidencia,
renunciara a La Nación. Las nuevas autoridades políticas le ofrecieron la
dirección del diario de gobierno, pero bajo condiciones que no estuvo dispuesta
a asumir.
Ese acto de independencia marcó el cierre de una etapa. La
misma que documenta este libro, que reúne piezas publicadas entre 1984 y 1993.
El conjunto incluye voces emblemáticas del período, pero también otras más
anónimas, las que no pasaron a la historia. Una muestra de la condición humana,
con sus infinitos grados de altruismo y mezquindad, de valor y cobardía. Al
sumergirnos en las cloacas del pasado, se devela cómo el sistema
político-económico instaurado por la dictadura militar impactó en el cuerpo de
miles de compatriotas. Por momentos, la lectura de estas páginas provoca un sudor
frío en nuestras espaldas. Es la señal del miedo y el dolor. También, la señal
de que estamos vivos.







