Hace algunas horas partió al descanso eterno, Adrián González… en los últimos meses vimos que su salud lo tenia muy deteriorado y sin dudas que se fue apagando como una velita. Se consumió de a poco y se quedó dormido para siempre con el televisor prendido. ¿Qué programa habrá visto al final? ¿Cuál habrá sido la última imagen que se llevó al Más Allá? Nunca lo sabremos.
Conocí a Adrián González en Arica… estaba a cargo de las comunicaciones del alcalde Iván Paredes Fierro “El Terrible” en la municipalidad. Lo primero que me llamó la atención es que escribía en una vieja y ruidosa máquina de escribir, “periodista de la vieja escuela”, pensé en esos momentos. Así no más era.
Formado en las contiendas de la vida diaria, Adrián estaba muy familiarizado con lo que “algunos” periodistas más conocen: su realidad, los recovecos de la existencia, la verdadera esencia de ser humano, como ser integral, orgánico, único e irrepetible. Si, “Antena” (era el apodo que los ariqueños le habían puesto) conocía esa delgada línea entre realidad y ficción. Y su pluma el instrumento para retratarlas.
Se dice que nadie es irremplazable, sobre todo cuando a uno ya no lo quieren en algún trabajo y los tontos se soslayan con esa sentencia sin saber que están los “imprescindibles… esos que luchan toda la vida”, según palabras de Bertol Brech. Esa es la imagen que guardo de ti amigo Adrián… un imprescindible.
Después de un tiempo nos volvimos a encontrar. Estabas a cargo de “El Longino”. Proyecto editorial que inicié en el 2003 junto al empresario Patricio Meza Flores y que debí abandonar porque me fui a trabajar a la alcaldía de Iquique.
Paralelamente a su trabajo de reporteo y edición en “El Longino” se transformó en editorialista del Diario 21. Su última editorial fue apenas la semana pasada. Nos tenía acostumbrados a desaparecer. Pasaban muchos días sin que nadie supiera nada de él. A modo de bromas decíamos que se había perdido en las pampas del Tamarugal, que se había “caído al frasco” o que lo secuestraron los ovnis. Siempre aparecía… a veces más repuesto y en otras como en los últimos días más demacrado.
La muerte impacta mucho más cuando alguien es conocido, amigo o comparte tu pasión la que es tratar de dejar constancia y registro de la época que se vive a través de la escritura.
Por eso estas líneas a modo de recuerdo. No quiero despedirme, sólo quiero recordar al viejo camarada gruñón, metido en ese viejo computador de la esquina en la oficina del primer piso del diario, rabiando al tratar de pasar sus escritos a un pendrive para hacerlos llegar al editor responsable de la edición del día siguiente. La tecnología siempre fue huraña con él. Era de la vieja escuela.
Es mejor así… por eso antes que un adiós siempre voy a preferir un ¡Hasta Siempre! Donde estés sé que nos volveremos a encontrar… descansa en paz amigo.
En la vastitud del espacio y en la inmensidad del tiempo, mi alegría y el honor de haber compartido hermosos momentos, en un largo viaje por este planeta y en esta época contigo.