Nunca más me duermo con mi blog...
¿Comienzo o final?
Era una de esas noches en que todo está brillante. Parecía que el cielo se iba a caer en las trampas que ponemos para sentirnos mejor. Otra vez era sentir la soledad. La misma que se quema en los corazones de los que ahora no me acompañaban. Apenas faltaban un par de horas para que el año 1990 llegara a su fin. Apenas dos horas...
¿Qué podía hacer ahora que todo se había terminado?, tal vez, empezar por colgar el teléfono de una buena vez y sentarme a tomar algo. ¿Debía y lo digo honestamente seguir con mi larga peregrinación que me había hecho recorrer varios países? Nunca sabré porque pensé así aquella noche.
Bárbara había clavado la última estaca y yo no podía seguir buscando expiación a mis pecados, aunque sabía que necesitaba del perdón. En mi mente sonaban aún sus gritos en la puerta de su casa: “No te quiero ver más en mi vida, no te quiero ver más...”.
Así, tomé por Tobalaba hacia Bilbao, con el peso de su voz en mis espaldas. Hasta hace muy poco tiempo el recordar ese momento me descomponía por completo. Era como sentir un extraño ardor de odio y de pena, ¡puta la huevá! claro que era pena.
Seguí caminando, lo recuerdo como ayer, tomé por Bilbao y sin darme cuenta llegué a Pedro de Valdivia. No sabía qué hacer, mi vida se descomponía como mi alma. A veces, se me hace un nudo en la garganta cuando me pongo a pensar en esa noche tan brillante y plagada de estrellas. Esa noche decidí dejarlo todo.
Casi media hora antes de que se acabara el año de 1990, toqué puerto. Valparaíso me recibía como hijo ilegítimo, pero con harto cariño. Sin pensarlo dos veces tomé hacia la Aduana. Ya se veía un montón de gente que esperaba impaciente los fuegos artificiales en la noche de año nuevo. En esos momentos supe que no vería Santiago por un largo tiempo, esa noche decidí ser un vagabundo hasta donde me alcanzara los pesos que llevaba encima. Esa noche de año nuevo fue el del cambio.
Los fuegos artificiales me alucinaron, parecía niño con juguete nuevo. Los colores de las explosiones a muchos metros de altura me hicieron soñar por algunos segundos, traté de no pensar en nada, de dejarme llevar lejos, muy lejos...
No sé cuanto bebí esa noche, pero 1991 entró por la ancha puerta de la “jarana”. Recuerdo que bailé, comí y tomé como vikingo hasta cuando la luz del primero día de enero entró fuerte por la ventana del “Cinzano”, un bar al mejor estilo de las “callecitas de Buenos Aires”, pero en la mitad del primer puerto de Chile. Estaba alojado en una pensión cerca del Congreso, hasta allí dirigí mis pasos como a las 6 de la mañana. Estaba amaneciendo, ¡por Dios que era cierto, amanecía!
El primer día de un año para la gran parte de la gente no es nada más que un día para dormir. De igual forma para mi, fue un día de absoluto sueño, aunque la verdad no fue un día, fueron dos. El día 2 de enero del '91, salí de mi letargo sin saber qué hacer o dónde ir.
Bonito dilema que debía de solucionar cuanto antes, sobre todo porque me había propuesto no volver nunca más a Santiago. Decidí empezar por el litoral central. Tomé un bus y me fui a El Quisco.
Allí, en la hermosa playa no duré mucho, había demasiada gente y en realidad lo que deseaba era algo de tranquilidad. Seguí más al sur y de pronto me vi envuelto en la vorágine de Cartagena.
La verdad había descubierto que la vida no era digna de vivirse sin alguna que otra cerveza. Por lo que me dije: “mientras tenga dinero jamás dejaré de tomar una”. Fui demasiado sincero, pasé borracho por más de una semana.
En ese tiempo se me confundieron más las cosas, pues me encontré con varios amigos de mi ex - compañera y la herida del alejamiento estaba muy abierta, dolorosa y aún sangraba. Es más, en ese mismo tiempo me encontré con Jorge Nathan y recordé muchas cosas relativas a mi matrimonio. Jorge es un buen tipo, enfermo de cuico, pero, simpático y cuando me lo encontré en una calle que ni recuerdo el nombre, no hizo más que traerme a la memoria los momentos cuando con Bárbara pusimos la tiendita de música en la Galería Interprovidencia. ¡Como pasan los años!
Así, después de esa semana “a la cerveza”, salí - y ahora si que es cierto - con rumbo absolutamente desconocido. En mis arcas ya quedaba menos dinero. Algo más de 300 mil pesos. Caminé por más de medio día, entré a comer un par de veces a lugares tan extraños como yo mismo. Al llegar la noche se me ocurrió volver a Viña.
Encontrar un lugar para dormir en Viña del Mar, en pleno Enero es cosa de locos. Pero como yo estaba casi a punto de convertirme en uno, igual encontré un bonito hotel, por un precio aceptable. Al segundo día de estadía el tranquilo lugar se transformó en algo sumamente atractivo. Un ejército de argentinas llegó a ocupar el cuarto al lado donde yo estaba. Digo un ejército, porque al escucharlas parecían miles, en realidad eran tres y estaban de vacaciones.
Me hice amigo de una de ellas una rubia platinada a lo Marilyn. Lo que pasó entre nosotros fue algo lindo mientras duró. Fueron cinco días de paseos en la playa al amanecer, de salir a bailar a discoteques, de dormir juntos mirando la luna desde mi cuarto, en fin, fue mi amor desechable de verano, pero igual lo pasé bien y me hizo bien. Aunque el maldito momento de la separación me hizo mal. Sabía que no la vería más.
En resumen: después de la María Teresa Afanetto - así se llamaba ella - terminé peor que cuando había salido de Santiago, después de la famosa pelea con Bárbara, ya que sentía un peso de soledad que no lo podía arrastrar y porque mi billetera sufrió un ataque terrorista de la argentinita aquella. Sólo me quedaba la mitad de la plata.
¿Qué hacer?, las aguas se veían más que turbias, o mejor dicho ya casi no se veía nada.
Como soldado medieval o caballero andante, tomé un cuchillo y lo giré, al lugar que me indicará la punta allá iría. La punta indicó el norte. Aquí comienza otra historia.