Esto pasó hace algunos años cuando estuve a punto de usar túnica blanca por el resto de mis días, porque me creía un asceta, un líder espiritual, un nuevo mesias, a la usanza de las crónicas budistas disfrazadas en el libro de Psicodelia de los pensadores de la Universidad de Harvard. Todo un hecho que me hacía entrar en aquellos recodos de una espiritualidad que moría con los primeros estertores del movimiento Punk o del llamado "Dark".
Un día un amigo de la Fundación Rama, aquella que formó el peruano Sixto Paz y que según él se contactó con seres espaciales de Gamínedes, una de las lunas de Júpiter. Bueno, ese día había parado de llover y en un taxi muy apretados porque éramos varios, nos fuimos a un local muy pequeño que estaba ubicado cerca de las torres de San Borja cerca del centro de Santiago. Allí nos reuniríamos con un monje lama, quien ofrecería a la feligresía ávida de espirtualidad una conferencia.
Llegamos y había a lo sumo unas 20 personas. El monje lama no hablaba una gota de español. Así que tenía a su traductor al lado. Comenzó la conferencia, pero el traductor era tan malo, que no hacia bien la pega y en vez de comunicar hacia lo contrario, confundía a todo el mundo. La solución: me dieron la pega a mí. Comencé entonces a traducir las palabras del monje.
Hablaba de la iluminación, de los cuerpos del Buda, del camino de luz y de los mil Cristos que deben venir a la tierra, cuando apenas llevamos tres: Jesus, Buda y Mahoma.
Bueno las palabras del líder espiritual hicieron mella en mi, simplemente porque se notaba que eran dichos con mucha verdad y lo esencial: tranquilidad espiritual.
Pasó el tiempo y todos de alguna u otra manera se hicieron parte de las palabras del lama. Incluso yo mismo pensé en que sería bueno de mi parte investigar un poco más del Budismo Tibetano, que es diferente a todos los demás budismos.
Cuando concluyó el discurso invitó a todos los presentes a hacer los "votos de refugio". Los que consistían en encarnar siempre en la tierra hasta que el último de los humanos alcance la ilumación. Algunos aceptaron el reto, me incluyo.
Al despedirme del monje en su inglés charrasqueado como el mío me dijo:
- Te voy a dar un nombre dármico... ¿te parece? - me preguntó.
- Okey. Lo que usted mande o mejor dicho lo que usted done - respondí.
- Desde hoy te llamas en nuestro pueblo y en nuestra cultura Kampala Sam Gye.
- Gracias. Ahora soy Kampala... ¡qué honor! o ¿¡qué horror!?
Desde ese día en los momentos importantes de mi vida saco la relucir ese nombre que un monje, me regaló en un día lluvioso en Santiago a cientos de años luz de mi presente, acá en las orillas del desierto más seco del mundo, al lado del océano más grande.
Todávía hoy no entiendo aquellos sucesos, porque cada día que pasa más cerca estoy de Kampala que de Freddy y eso no lo puedo negar. Debo seguir perdonando a todos incluso a aquellos que están muy molestos conmigo, como mi arrendador. ¡Qué ironía!
Debo seguir es la orden de mi fuero interno, a pesar que las cosas de lo cotidiano no me dejan fuerzas para seguir luchando... seguir luchando.
Hoy día me levanté y no supe a ciencia cierta quien era: ¿Freddy o Kampala? Cuando pase la noche tal vez lo sepa... tal vez...