jueves, 6 de julio de 2006

¿Dónde quedaron?



Estoy con mucha nostalgia, porque el otro día junto a mis colegas, en uno de los almuerzos, nos pusimos a recordar a los personajes que eran parte de nuestra vida diaria y que con el tiempo se perdieron, porque sus oficios ya no fueron necesarios en nuestra sociedad actual, cargada, mejor dicho, teñida a la fuerza con neoliberalismo.

En esa tarde de almuerzo y recuerdos, mi mente se alegró por volver a recordar a tantas personas que estaban presentes en nuestra niñez. No estoy seguro que hayamos vivido las mismas circunstancias que vivieron los nortinos, porque mi realidad fue santiaguina. Pero, tal vez algunas cosas fueron casi las mismas o por lo menos similares.

¿Se acuerdan ustedes del ropavejero? Era un hombre que compraba la ropa antigua y las echaba en un saco. Me lo recordaban cada vez que no quería tomarme la sopa. Mi abuela abría sus grandes ojos, profundamente negros y me decía: «si no te tomas la sopa te voy a entregar al hombre del saco». El terror mismo y mi panza llena de sopa. De esa con harta enjundia, la de huesos de osobuco. Era horrible, pero el hombre del saco era todavía peor. Tenía un colega de silueta similar, pero que compraba botellas y diarios viejos.

Otro personaje era el que engrasaba las cortinas de los negocios. En un tarro lleno de una grasa tan negra como los ojos de mi abuela y una varilla muy larga, ofrecía su trabajo. Cuando era contratado con esa varilla, engrasaba las correderas de las cortinas de los negocios, especialmente de los de abarrotes. Ahora con los supermercados los negocios también se han perdido.

Si seguimos escarbando en los recuerdos nos encontramos con el «maestro de los somieres». También a voz en cuello ofrecía su servicio. La gente le entregaba el somier malo y éste en la puerta de las casas se ponía a trabajar. Con alambres y herramientas, las más raras que he visto en mi vida, les dada más tiempo a los pobres somieres. Su negocio se ampliaba, porque también arreglaba catres. Ahí escuché la frase «este compadre es rompe - catres». En esa ocasión no entendí nada. Al paso de los años y en «carrete» (raro en mí) me acordé de la situación y me volví loco riéndome.

Un hombre de siniestra figura recorría mi barrio, en Matucana con San Pablo. Su voz, mejor dicho, su vibrato al gritar sus servicios jamás se me olvidará. Decía: «gasfiterrrriiiia y talabarrrrrterrrrriiiiiiaaaaa», marcando mucho las erres.

Otros de los oficios que los tiempos de la computación obligó a pasarlos al olvido. Antes que me olvide también estaba el vendedor de motemei «calientito el motemei». Tampoco me puedo olvidar del afilador, que mucha risa causa en reuniones de amigos cuando se escucha su armónica emitiendo esa extraña melodía. De inmediato, los rápidos mentales se apuran en aconsejarte que no salgas a la calle, por que “anda el afilador”.

Y para cerrar esta nota cargada a los recuerdos voy a dar una lista de oficios que aún se mantienen a pesar de los tiempos: el volantinero, el vendedor de helados, de palomitas de maíz, el querido canillita (que vende diarios) y otros que tal vez se me escapan.

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