
Muchas veces nos detenemos frente al calendario y nos asombramos porque sin darnos cuenta ha pasado el tiempo. Eso me pasó cuando quise destruir una serie de cuadernos con poemas y centenares de notas que había tomado de mis viajes. Simplemente no pude. Había en aquellas hojas, tantas vivencias y recuerdos que no quise arrojarlos así tan presuroso por la borda.
Comencé entonces a seleccionar esos versos que más de una noche me dejaron sin dormir, y con paciencia los puse en un libro. Al término, lo que estaba haciendo era una pausa en mitad de este camino llamado existencia.
Esta actividad, a modo de pequeño resumen o balance, se transformó en otra causa para el desvelo. Editar un libro es para todo escribano un sueño. Un sueño que tampoco deja dormir.
Aún así, y de insomnio en insomnio, comencé a juntar estos versos, a recordar los motivos por los cuales escribí, y a las personas que me lanzaron a la pluma y al papel, y principalmente volver a vivenciar la pasión que impulsó a mi ser a desarrollarlos.
Una vez leí por ahí que Neruda había sido felicitado por unos nuevos versos. El poeta dijo que si él no los hubiera escrito, hubieran crecido como la hierba, porque su fin era la existencia. A muchos años de leer ese comentario, creo recién entender lo que Neruda dijo. La existencia de estos humildes versos y escritos es intrínseca. Son, simplemente porque “son”.
Cuando conocí Iquique lo primero que hice fue correr al mar. Mi madre hablaba - casi todos los días - de su puerto y de su mar. Por eso este pequeño e importante puerto estaba en mi sangre.
Ese mismo día y sabiendo que mi permanencia en este hermoso y lejano sitio, se convertiría en algo mágico y trascendental, bauticé a Iquique, como mi “Puerto de Palos”. Dos motivos tuve para eso. Primero, desde aquí llegaría a nuevos continentes y conocería nuevas tierras, y segundo, porque este puerto tuvo sus orígenes en madera. En pino oregón dice la historia.
Una cosa extraña: jamás en mis viajes, se presentó la necesidad de escribir poesía como cuando estuve en este norte de Chile. Creo que de esa manera este Norte Grande (eso lo acuñé de Andrés Sabella) me reconocía como hijo suyo. Era como vivir la parábola del hijo pródigo, pero hasta el día de hoy no sé quien ha vuelto. No creo ser el hijo que vuelve. Creo que ha vuelto el nieto. Mis antepasados emergieron junto a las salitreras, al sol, al desierto y al mar. Creo ser el depositario de su integridad, de su cultura y de su amor por esta tierra.
Hoy, cuando hago un alto en el camino, creo haber interpretado mi permanencia en estos rincones desérticos como un regreso y una asimilación de una forma de vida que no se da en otros lugares. Estoy feliz entonces, de entregar, estos textos, a mi Norte Grande, a la ciudad que me ha adoptado y a la gente que me rodea. Son ellos los verdaderos depositarios de estas vivencias, que no son otra cosa que pequeños ejemplos de la vida de un trotamundo, de su existencia y de esa magia que llamamos amor, que mueve al mundo, al entero universo... a Dios ¿cierto?
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