domingo, 6 de agosto de 2006

Melodía Subterránea


Las luces de la ciudad de a poco comenzaban a apagarse. Las luces de la ciudad no habían podido esconder las penas que su alma sentía. Era un sonámbulo, un guerrero en estampida. Un inconsciente en estado larvario. Una cicatriz más grande que su alma.

La pérdida era lo que lo llevaba a esos estados. Su amor y lealtad no habían podido contra la traición. La mayor de todas las traiciones: romper los vínculos afectivos de la santidad del amor con engaños, de otros... de otros desconocidos. El amor puro burlado por la fragancia de lo prohibido, por el miedo de la verdad pisoteada mil veces por la mente enfermiza de su mujer... que ya no era suya.

¿Dónde había quedado la verdad, el amor real, las faltas no forzadas y los esfuerzos por no herir a nadie? ¿Dónde habría quedado todo eso?

Eran las preguntas que se hacía cuando la luz del sol comenzaba a bañar la playa y el Casino cerraba sus puertas.

¡Ah! El mar era lo único que lo contentaba. Sin el mar que amaba hubiera muerto mil veces. Las olas lo calmaban... las olas le inspiraban a seguir adelante, aunque sin rumbo tenía la certeza que debía seguir. ¡Hasta que Dios quisiera! Si. Dios. El mismo que todos buscan en momentos de prueba, el mismo que invocaron, invocan e invocarán los asesinos de la fe. Los de sotana que en nombre de la cruz han violado, asesinado, mutilado y asesinado a cientos de inocentes que creyeron en otras verdades, quizás más elevadas que la mística de la cruz. Pero ¡qué importa! Si ya le pedimos perdón a Galileo y a las etnias de América por tanta muerte y tanto desastre… ¡400 años después.

Pero en esos momentos ya no importaban sus pensamientos, en aquellos instantes la lejanía era su quehacer y lo esencial con cada respiro. Se preguntaba si alguna vez María comprendería la palabra lealtad o mejor aún ¿la podría llevar a la práctica? ¿Sabría del daño al romper de cuajo tres familias, quizás más? ¿Sería su culpa la conducta relajada sin reglas de buen vivir o su formación familiar? ¿Sabría que de pronto las putas lo hacen por necesidad? ¿Sabría el dolor de aquel que se siente traicionado? ¿Sabría del fuego que consume a alguien que no puede ver a su hijo? Ese Dios que los curas han tratado de hacerlo ver como asesino, ¿ese mismo la juzgaría?...

Así en mitad del mundo, en un lugar tan distante de una playa cualquiera, el sabía que el amor, la verdad y la lealtad son las recetas para ser un gran hombre, a pesar de las deudas, de las faltas y principalmente de los amores. El sabía que debía seguir, su código de honor lo llevaba a otros estados y pronto, muy pronto lo llevaría a otras tierras, donde si sería amado y lo principal: sería valorado.

Esa era su verdad tan insondable como él mismo. Tan real como la mentira que lo hacía fuerte a pesar de lo duro que se suponía que era. El ser se vislumbraba tan real y mágico como ese instante de lucidez cuando dijo si al amor. Cuando la pasión de la existencia extendió sus brazos y lo cobijó en aquellas sustanciales manos tan divinas como la vida misma, como su mar… lejano en ese momento… cercano en espíritu y a la vez aprisionado en las redes de su alma.

¿Hacia dónde se dirigía su paso? ¿Cuál sería el final de esta historia de desencuentros y desamores? Nadie podría decirlo, nadie en la tierra… menos en las estancias secas del otoño que se acerca cada día más, sobre todo en abril. Su mes, su año… el día elegido para morir y renacer… el día de no hacer repeticiones, ni ver televisión, ni leer los diarios… ni escuchar nada, sólo el revolotear de los pájaros en su jardín secreto como su alma… si en el jardín se gestaron las mentiras… ya lo sabía. Ahora podría venir la cura… la cura final.

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