Karolina Martí Morera es literalmente una pat’e perra. Cuando egresó
del colegio en Santiago viajó a Australia por dos años. Luego aprendió danza
contemporánea con Patricio Bunster y Joan Turner, especializándose más tarde en
el Contemporáneo de Londres. Al regresar al país estudió para guía Montessori y
descubrió que la educación la apasionaba. La invitación de un amigo que se
había asentado en Perú cambió su vida para siempre.
En Pisac, a una hora de Cusco, en Perú, asoma una escuela rústica,
color tierra, de amplias ventanas, en cuyas salas no hay mesas ni sillas. En su
interior hay alfombras, cojines, materiales para pintar y niños, algunos
pequeños, que ríen con ganas y tienen muchas ganas de jugar.
Es el Colegio Munay Runa, plantel holístico, con base Montessori, donde
estudian 21 hombres y mujeres, entre 3 y 12 años, los que son guiados por seis
profesores. Esta comunidad escolar multicultural está integrada por hijos de
peruanos, hawaianos y tailandeses, entre otros. En esta sencilla
infraestructura, con vista a la montaña, se les promueve el crecimiento emocional,
social, físico y cognitivo.
Detrás del proyecto está la chilena Karolina Martí Morera (48), quien
hace cinco años se asentó en este complejo arqueológico, con más de 10 mil
habitantes, que se encuentra en el distrito homónimo de la provincia de Calca.
En 2013 esta bailarina contemporánea, chef vegetariana, terapeuta
holística y guía Montessori viajó a visitar a su amigo italiano Ferdinando
Pisani, que se había instalado con un restaurante en esta tierra mágica,
ubicada a 2.900 metros de altura. Cuando pisó los adoquines de sus calles y el
sol insolente del mediodía golpeó su cara sintió un estremecimiento. Tuvo la
certeza de que ese era su lugar.
Pisani la invitó para que lo asesorara en su nuevo emprendimiento, pero
también porque sabía que algunas familias querían que sus hijos estudiaran en
un colegio alternativo, sueño que desde hacía tiempo abrigaba Karolina.
Esta chilena aventurera se enamoró del proyecto, le comunicó a sus
hijas, ahora de 22 y 16 años, que se iría a vivir a Perú, las que le dieron
todo su apoyo. Vendió sus cosas y el 26 de diciembre de 2013 aterrizó con un
par de maletas en esta tierra de los incas.
Arrendó una casa, compró los materiales que necesitaría para las clases
y abrió las matrículas del colegio. Comenzó con 16 alumnos. Paralelamente se
involucró con dos ONGs que le permitieron también hacerles clases a niños
nativos.
APRENDER SIN COMPETIR
En el Munay Runa se les habla a diario a los alumnos en inglés, para
que se familiaricen con el idioma. Los niños suelen sentarse en círculo a escuchar
a sus profesores.
Karolina les enseña gramática, matemática, biología y física. Refuerza
mucho la matemática –cuenta- porque “les da la base para aprender todo lo
demás. Cuando te sientes seguro en esta disciplina, comienzas a pensar de otra
manera y se te abre un mundo distinto”.
En el plantel no se hacen pruebas y tampoco existen las calificaciones.
Los alumnos llenan solo fichas y aprenden practicando.
“Más que la competencia, se les transmite el espíritu colaborativo.
Todos se esfuerzan en llevar hechas sus tareas, por ejemplo, porque saben que
si no cumplen perjudican a los demás”, añade la fundadora y directora de la
escuela.
Los días miércoles salen al campo, visitan los bosques y allí los
pequeños se compenetran con la naturaleza, aprenden a explorar, son capaces de
identificar el peregrinaje de las aves y los insectos. “Yo voy sintiendo el
ritmo de ellos y me dejo guiar; todo fluye. Cuando el niño aprende no necesita
muros sino que caminos”, remarca.
DANZA CON PATRICIO BUNSTER
Sabía que podía dar mucho más. Viajó entonces a Inglaterra y se
matriculó en la Escuela de Danza Contemporánea de Londres, donde permaneció dos
años. Trabajaba en restaurantes para costearse sus estudios y dormía cuatro
horas diarias, pero se sentía feliz, detalla.
La vida le asestó un gran golpe en ese tiempo, porque su madre enfermó
de cáncer. Karolina debió viajar a Santiago por algunas semanas. Le quedaban
solo dos meses para teminar sus clases y decidió no titularse. Cuando regresó a
Chile ya esperaba a su primera hija, Alai.
Como se sentía atraida por la educación, y también porque quería
participar activamente en la formación de su hija, comenzó a estudiar para guía
Montessori. Poco a poco se fue dando cuenta de que su propósito era enseñar.
Karolina se enamoró nuevamente, se casó y de esa unión nació Amira.
Mientras criaba a sus niñas también soñaba. Se veía siempre viajando y
compartiendo con personas foráneas, confiesa. Fue en ese momento cuando su
amigo Ferdinando Pisani la llamó para invitarla a Pisac.
EL AMOR ENTRE LAS MONTAÑAS
Pisac (o Pisaq) viene de las voces quechuas “pisaq o p’isaga”, que
significa perdiz. Sus montañas sagradas le transmitieron a esta chilena toda la
serenidad y alegría que necesitaba para continuar desarrollando su misión. Se
había separado del padre de Amira y se sentía preparada también para volver a
comenzar.
Estaba tan encantada con esta tierra, cuyos habitantes la acogieron con
tanto amor, que en agradecimiento creó en 2015 la revista Pisaka. “Al recorrer
sus calles me di cuenta de que no habían quioscos y que no se vendían diarios.
Me puse manos a la obra y di forma a una publicación sobre arte y cultura”,
dice. Como es busquilla se consiguió que se la imprimieran y en la actualidad
saca una edición al año.
Una conocida le sugirió que entrevistara a un matemático y físico
quechua que sabía muchísimo de la cultura inca y que podía ser un aporte para
esas páginas. Se trataba de Jesús Salqa Rios, quien había fundado y había sido
profesor de la primera escuelita que tuvo la comunidad Qéro.
“Lo llamé, me presenté y Jesús se mostró encantado con la idea de la
entrevista. Quedamos de almorzar juntos y cuando llegué al lugar yo busqué a un
abuelo. Me habían dicho que era un hombre sabio y pensé que era mayor”, narra
riendo.
Se saludaron con Jesús, de 43 años, y cuando este se sacó los lentes
Karolina casi se murió de la impresión. Sus ojos verdosos, muy profundos, y su
hablar suave se quedaron impresos en su alma y corazón. El amor fue fulminante.
El matemático la visitó días después en el Munay Runa y le llevó pancito a los
niños. En ese momento ella supo que nunca más se separarían.
Llevan tres años juntos y el académico, cuenta, la apoya mucho en sus
proyectos. Hoy está enfocado en que esta chilena aventurera siga sacando
adelante su colegio holístico que a futuro, quizás, se traslade a Calca, a unos
20 minutos de Pisac.
“Los sueños se hacen siempre realidad cuando pones tu corazón en
ellos”, remarca Karolina. Se despide afectuosamente y camina unos pasos. Cuando
mira hacia atrás y levanta su mano diciendo adiós nuevamente sus ojos brillan.



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