Uno de los síntomas inequívocos de
que soy un dinosaurio cultural es mi irremediable amor por el clásico
periódico de papel. Sencillamente, me encanta leer el periódico:
siempre de atrás hacia delante y tomando abundantes notas en mi
libreta o en el borde de las hojas, como saben muy bien en varias
cafeterías de Iquique, en especial el querido Carpe Diem en esta la capital de Tarapacá. Sin embargo, y como
digo, soy un dinosaurio porque me aferro tenazmente a un hábito en
vías de extinción.
La crisis del periódico de papel no es
culpa exclusiva de Internet: contra lo que pudiera parecer, viene de
lejos, y ya en la década de 1990 las principales empresas de comunicaciones tuvieron
que lanzar costosas promociones para sostener su difusión. Ahora
bien: en la era de la información gratuita e instantánea en la Red,
la defunción del diario clásico parecería ya sólo una cuestión
de tiempo, y no demasiado largo. En efecto, ¿cómo podrían
sobrevivir los periódicos ante la pujante competencia de los medios
electrónicos, con unas nuevas generaciones para las que leer un
periódico de papel es ya un acto completamente exótico, casi propio
de auténticos extraterrestres?
Como sabemos, durante los últimos años
tanto los diarios chilenos como internacionales han adoptado diversas
estrategias para adaptarse al nuevo ecosistema. La más frecuente ha
consistido en desdoblarse para estar presente en ambos entornos: el
kiosco de toda la vida e Internet. Diferentes sistemas de acceso y
suscripción buscaban fidelizar a los lectores y ofrecerles unos
contenidos estratificados, con opciones premium incluidas y variadas
ventajas de todo tipo por pertenecer a ese exclusivo club. También
ha sido frecuente insistir en la división de funciones de los
actuales medios de comunicación: el medio electrónico proporciona
información rápida en cuanto a hechos, noticias y datos, mientras
que el periódico de papel debe ir cada vez más hacia el análisis
en profundidad. Ha de contextualizar la noticia o el fenómeno tanto
como sea posible, permitiendo entender realmente lo que está pasando
en el mundo. “De la información a la comprensión”, podría ser
el nuevo lema de unos diarios de papel destinados básicamente a una
élite socio - cultural, a una minoría de lectores formados e
influyentes.
Por mi parte, y aunque estoy bastante
de acuerdo con esta última idea, creo que el verdadero quid de la
cuestión se encuentra en otra parte. ¿Qué debería ofrecer un
periódico de papel en pleno siglo XXI para resultar atractivo
incluso para un público en principio refractario a las viejas
páginas de papel? Pues, sencillamente, tendría que proporcionar una
experiencia “inmersiva”, “360 grados”, en la abigarrada
complejidad del mundo contemporáneo.
Un periódico puede ser
atractivo, e incluso fascinante, cuando sé que abrirlo equivale a
internarme en una espesa selva llena de elementos interesantes y con
frecuencia inesperados. Cuando el periódico se convierte en un
microcosmos que refleja el macrocosmos mundial, cuando percibo en él
una abigarrada y exuberante variedad de contenidos y niveles de
lectura, entonces “me siento envuelto por el periódico” y su
lectura me hace secretamente feliz.
Ahora bien: ¿no hacen ya esto los
periódicos en la actualidad? En mi opinión, sólo a medias. Por una
parte, los grandes periódicos de Occidente muestran en sus páginas
una gran cantidad de talento, y con frecuencia contenidos realmente
interesantes. Sin embargo, sigue predominando en ellos cierta
atmósfera gris, un poco anacrónica, en vez de esa especie de
efervescencia pop que a mí personalmente me gustaría encontrar en
ellos. ¿De quiénes deberían aprender, e incluso copiar, los
diarios clásicos para dar el salto cualitativo que necesitan?
Por lo mismo, creo es posible ofrecer al
respecto al menos algunas pistas. Por ejemplo, ¿a qué se debe el
éxito de una revista como "Muy Interesante", convertida desde hace
tiempo en franquicia internacional? Aun adoleciendo de los defectos
que se quiera - que los tiene -, “Muy” posibilita a sus fieles
lectores algo parecido a esa “inmersión panorámica” que aquí
estoy hablando. Lo mismo puede decirse de los tabloides británicos,
deleznables tal vez desde varios puntos de vista, pero que ofrecen a
su público una suerte de experiencia inmersiva afín a ese “sabor
sabroso” que tanta importancia tiene en la cultura gastronómica de
Japón.
Lo mismo se puede decir, por cierto, de las clásicas
revistas del corazón, que parecieron seriamente amenazadas primero
por los programas televisivos análogos en la década de 1990 y luego
por la irrupción de Internet; pero que, como se ve, sobreviven más
que bien en el selvático panorama de los medios de entretenimiento
contemporáneos. Algo semejante puede decirse de las revistas
dedicadas a temas paranormales y esotéricos - Más allá, Enigmas,
Año Cero -, también criticables a varios respectos, pero inmersivas
y bien provistas de umami como ellas solas. E incluso algo habría
que aprender del fugaz y hoy desaparecido diario Público, tan
objetable por serios motivos de fondo como lleno de talento en cuanto
a varios puntos de su concepción y diseño formal.

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