martes, 15 de mayo de 2007

Recuerdos

Hace algún tiempo que he querido hacer algunos recuerdos de lo que vivimos hace más de 34 años cuando nuestra democracia se rompió. Son recuerdos simples. Vistos con la mente e ideal de un niño, que jamás comprendió lo que estaba pasando, porque estábamos inmersos en una gran dosis de ingenuidad. Los chilenos somos así... muy ingenuos.
Eran las 9 de la mañana del 11 de septiembre de 1973, cuando mi tía encendió la radio. Sólo se escuchaban marchas militares y los típicos bandos. ¿Qué pasaba? ¿Acaso era un golpe de Estado?
Una hora después, la gente caminando por San Pablo, venía por la mitad de la calle. Era mucha, podría decir que una verdadera multitud. A esa hora ya no había locomoción y se había decretado el toque de queda. En buenas cuentas: todos para la casa.
A mi me preocupaban mis padres porque como trabajaban en un hotel (el Kent, que estaba en el edificio de la Caja Bancaria, en la esquina de Huérfanos y Estado) ese día tenían la entrada a las 7 de la mañana y ya cerca de las 10 no daban muestras de vida. Siguió pasando el tiempo y cerca de las 11 los ví venir en mitad de la muchedumbre. Ambos tomados de la mano y con sus rostros llenos de preocupación.
El verlos me relajó muchísimo y los sentí muy cerca. En casa mis abuelos ya estaban preparados con una serie de cosas, como por ejemplo velas, fósforos, harina (por si había que hacer pan) y abarrotes en general.
A eso del mediodía con mi papá subimos al techo de la casa. Era obvio que los aviones de guerra nos habían llamado la atención y como habían dicho que estaban bombardeando algunas radios “upelientas”, queríamos verificar si era cierto. Tamaña fue la sorpresa cuando vimos que disparaban hacia el sector del centro (no sabíamos que era a La Moneda). El ruido era igual que en las películas, pero mucho más aterrador. Así es la vida real. Luego las explosiones y con el paso de aquellos largos y penosos minutos, una gruesa columna de humo comenzó a hacerse presente en mitad de esa mañana gris de Santiago.
Esa visión durante mucho tiempo me marcaría. Ver ese humo tan negro como la noche, y el cambio atroz que se producía en mi país era algo que no imaginaba. La vida se encargaría de darme a conocer ese amargo sabor.
Hoy he visto un incendio. Está en todos nosotros. Estamos marcados con ese humo de La Moneda en llamas. Creo que ese día nuestra inocencia e ingenuidad pasó a la historia. Comenzamos a vivir el mayor oscurantismo que se tenga memoria en toda la vida de Chile.
Nada fue real si no estaba marcado por el gris. Así crecimos, así maduramos, el gris nos tiñó el alma. Hoy no puedo olvidarme de eso y me sigue produciendo pena...
¿Dónde se fueron mis amigos? ¿Qué pasó con tanta gente que nunca más vi? ¿Dónde quedó mi barrio?
Todo fue cambiado y cercenado. Un mundo salvaje entró fuerte: el capitalismo arrolló a este país y nada ni nadie hizo nada por detenerlo. Hoy quise recordar eso porque me veo en la obligación de dar a conocer mi postura. Mi país aún me duele. Nos cambiaron el alma y sin duda que dejamos de ser aquellos ingenuos seres de pueblo que alguna vez fuimos y nos tiñeron los sentidos con otras cosas aún más superfluas que nuestra desconocimiento de la realidad.
¿Se han dado cuenta que poco alegres somos? ¿Dónde quedó la risa? ¿Dónde quedó el amor por nuestros semejantes? Preguntas que me hago y que estoy seguro ustedes más de alguna vez se hicieron.
Por eso, es necesario comenzar a buscar las respuestas para que sanemos de la larga enfermedad. Durante mucho tiempo fuimos exiliados en nuestra propia Patria. Creo que llegó el tiempo del reencuentro y el de la verdad.
Por lo menos eso es lo que ahora me quita el sueño... a pesar de las gruesas columnas de humo que se desprenden de nuestras almas.

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