Salvo raras excepciones todos guardamos recuerdos hermosos de nuestra niñez. Son los momentos que sin duda asimilamos durante toda la vida. Traigo a la memoria esos instantes, porque un día como cualquier otro, se me ocurrió, es decir pensé (siempre hay una primera vez), hacer algunas comparaciones, entre ni niñez y la que están viviendo nuestros hijos y nietos.
En mi tiempo, lo ideal era tener un grupo de amigos. La tradicional “patota”. Ser el jefe era óptimo. Te sentías como dueño del mundo. Un día tradicional era levantarse temprano y salir a recorrer por los lugares alejados de la ciudad. Así, todos montados en bicicletas nos acercábamos al lugar donde se construiría un aeropuerto, años más tarde se llamó Pudahuel. Hoy lleva el nombre de un aviador famoso.
Después de llegar por esas campestres estancias cerca del aeropuerto, tomábamos hacia el tranque de Barrancas. Allí la dicha misma, porque nos poníamos a pescar “carpas” (son unos pescaditos muy sabrosos). El ganador era quien sacaba más y podía ser el jefe de la patota por una semana.
Al regreso, y cuando el sol comenzaba a caer, venía la velada nocturna. Hacíamos competencias con las “bandas o grupos” de otros sectores. Escondíamos tesoros (generalmente dulces) en un sitio predeterminado. Los ganadores que encontraban dicho tesoro, imponían duras penas a los perdedores, como ser esclavos por algún tiempo. Ser esclavo significaba dar tu pan en el colegio y comprarle jugos, manzanas y bebidas. Era nefasto para el pobre presupuesto de niño republicano, antes del advenimiento del César por allá por 1973.
Y sigo con los recuerdos. Otras de las jugadas claves era salir a cazar lagartijas y en su defecto, con la onda hacer puntería a los aisladores de los postes de alta tensión. En algunos casos se nos ocurría tirarle a los pajaritos. Hoy cuando soy un viejo, me doy cuenta que grande fue Dios, porque no maté ninguno. No hubiera podido dormir en semanas.
Finalmente y más cotidiano era jugar al trompo, a las bolitas, es decir a los tres hoyitos y al yo-yo. Hoy la ciencia y la técnica han borrado esa vida de aventurero que tuvo mi infancia. No puedo entender como va a ser más entretenido el matar marcianos en una fría máquina que salir a explorar tu entorno. Conocer gente, ver correr a los ratones de campo, o ver volar a los pájaros. Hoy me siento como un aventurero de principio de un milenio y de un siglo, con la certeza que el mundo ya no será lo mismo y que las actuales generaciones son simplemente informáticas.
Igual doy gracias a Dios por haber tenido esos momentos, con mi gente, con mis amigos y con mi completa familia, padres y abuelos incluidos, en un barrio olvidado en el fin del mundo llamado “San Pablo con Matucana” cerca de la Estación Central, donde los “guapos toman en damajuana”.

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